Relatividad, no relativismo

Einstein, un científico que creía de corazón en la existencia de la verdad de valor universal y en que era posible alcanzar la certidumbre racional, vio en vida como su teoría fue víctima de un fatal equívoco, y de cómo las masas vinieron a confundir la relatividad física con el relativismo moral, quizás en el mayor ejemplo historico de la ‘ley de consecuencia involuntaria’

einstein.jpg   Estoy leyendo Tiempos Modernos, del británico Paul Johnson. Se trata de una historia del siglo XX, cuyo primer capítulo se titula “Un mundo relativista” y dice así:

   “El mundo moderno comenzó el 29 de mayo de 1919, cuando las fotografías de un eclipse solar, tomadas en la isal del Príncipe, frente al África occcidental, y en Sobral, Brasil, confirmaron la verdad de una nueva teoría del Universo”[1]

   Por supuesto, el autor se refiere a la Teoría de la Relatividad de Einstein. Pero ¿Por qué debería ser éste el comienzo de la época moderna?

   Para Johnson, la Mecánica Newtoniana fue marco del “Iluminismo Europeo, la Revolución Industrial y la vasta expansión del conocimiento, la libertad y la prosperidad de la humanidad que alcanzó el siglo XIX”. Mas empezó a mostrar deficiencias con el advenimiento de telescopios más poderosos (que revelaron una desviación de Mercurio no prevista por la mecánica clásica) y principalmente por el famoso experimento de Michelson y Morley que estableció la inavarianza de la rapidez de la luz.

   Fue en este contexto que apareció Albert Einstein, quien explicó por qué en ciertas circunstancias las distancias parecen contraerse y los relojes aminorar la velocidad, en la posteriormente llamada “Teoría especial de la relatividad”. Pero no se quedó ahí: “Ni siquiera el comienzo de la guerra en Europa impidió que los científicos prosiguieran la búsqueda, promovida por Einstein, de una Teoría Genereal de la Relatividad, que abarcara los campos gravitatorios, y permitiera una revisión integral de la física newtoniana”[2].

   Y fue esta última teoría la comprobada por Arthur Eddington en 1919, constatando con el eclipse solar que “un rayo de luz que rozara la superficie del sol debía desviarse 1,745 segundos de arco, dos veces la desviación gravitatoria indicada por la teoría newtoniana”[3].   Cuando los resultados se anunciaron ante la Sociedad Real, en Londres, Whitehead, presente, dijo: “Éramos el coro que comentaba el decreto del destino revelado en el desarrollo de un incidente supremo. Había cierta dignidad dramática en la escenografía misma: el ceremonial tradicional, y en el trasfondo la imagen de Newton recordándonos que la más grande de las generalizaciones científicas ahora, por primera vez después de dos siglos, sería modificada… al fin  había comenzado uan gran aventura del pensamiento“.

   Einstein «debía ilustrar lo que Karl Popper denominaría más tarde la ‘ley de consecuencia involuntaria’. Muchísimos libros trataron de explicar claramente de qué modo la Teoría General había modificado los conceptos newtonianos  que informaban la comprensión del mundo en los hombres y las mujeres comunes, y cómo funcionaba. El propio Einstein la resumió así: ‘En su sentido más amplio, el Principio de la Relatividad está contenido en el enunciado: La totalidad de los fenómenos físicos tiene un carácter tal que no permite la introducción del concepto de movimiento absoluto; o, más breve pero menos exacto: No hay movimiento absoluto.’ […]

   Pero a los ojos de la mayoría de la gente, para la cual la física newtoniana, con sus líneas rectas y sus ángulos rectos, era perfectamente inteligible, la relatividad nunca fue más que una imprecisa causa de inquietud. Se entendía que el tiempo absoluto y la longitud absoluta habían sido derrocados; el movimiento era curvilíneo. De pronto, pareció que nada era seguro en el movimiento de las esferas. ‘El mundo está desquiciado’, como observó entristecido Hamlet. […] A principios de 1920 comenzó a difundirse, por primera vez en un ámbito popular, la idea de que ya no existían absolutos: de tiempo y espacio, de bien y mal, del saber, y sobre todo de valor. En un error quizás inevitable vino a confundirse la relatividad con el relativismo.

   Nadie se inquietó más que Einstein en vista de esta  comprensión errada del público. Lo desconcertaba la publicidad implacable y el error promovidos aparentemente por su propia obra […] Einstein no era judío practicante, pero reconocía la existencia de un Dios. Creía apasionadamente en la existencia de normas absolutas del bien y el mal. Consagró su vida profesional a la búsqueda, no sólo de la verdad, sino de la certidumbre. Insistía en que podía dividirse el mundo en las esferas subjetiva y objetiva, y que uno debía formular enunciados precisos acerca de la porción objetiva. En el sentido científico (no el filosófico) de la palabra era determinista. Durante la década de 1920 consideró no sólo inaceptable sino repulsivo el principio de indeterminación d ela mecánica cuántica. El resto de su vida, y hasta su muerte, en 1955, se esforzó por refutarlo y trató de afirmar la física en una teoría unificada. Escribió a [Max] Born: “Usted cree en un Dios que juega a los dados, y yo creo en la ley y el orden totales en un mundo que existe objetivamente y que, de un modo absurdamente especulativo, intento aprehender. Yo creo firmemente, pero abrigo la esperanza de que alguien descubrira´un modo más realista o más bien una base más concreta  que la que me ha tocado en suerte hallar”. Pero Einstein no consiguió elaborar una teoría unificada, durante la década de 1920 o después. Vivió para ver que el relativismo moral, a su juicio una enfermedad, se convertía en una pandemia social, así como vivió para ver ue su fatal ecuación p´romovía el nacimiento de la guerra nuclear. Hacia el fin de su vida solía decir que había momentos en que deseaba haber sido un sencillo relojero.

   El ascenso de Einstein a la altura de una figura mundial en 1919 es una notable ilustración de la doble influencia de los grandes innovadores científicos sobre la humanidad. Modifican nuestra percepción del mundo físico y acrecientan nuestro dominio sobre él. pero también cambian nuestras ideas […] La reacción pública frente a la relatividad fue una d elas principales influencias formadoras en el curso de la historia del siglo XX. Cumplió la función de un cuchillo, esgrimido inconscientemente por su autor, que ayudó a cortar los amarres tradicionales de la sociedad en la fe y la moral de la cultura judeocristiana.”[4]

   Según el análisis posterior de Johnson, a este fenómeno se le sumó la recepción del freudismo, que por su enfoque sexual rompió los tabúes heredados de la sociedad decimonónica, y puso al inconsciente por encima de la consciencia, atentando así contra la filosofía de la responsabilidad individual del siglo precedente, y potenciando el relativismo. Por último, la guerra mundial sembró la desconfianza sobre las antiguas ideas, y llevó a los hombres a la búsqueda de nuevas explicaciones, desechando una herencia de milenios.

   Hasta el día de hoy el relativismo es la filosofía imperante. Se ocupa como excusa para evadir todo tipo de discusiones que exijan determinar conceptos, acabando todo siempre en : “esa es tu verdad, y esta es la mía”… Y allá los que creen eso. Pero no vengan a ensuciar la memoria del genio más grande del siglo XX diciéndome que fue su idea.  

[1] Johnson, Paul; Tiempos Modernos; Javier Vergara Editor, Argentina, 1988, pag. 13 

[2] Ibid., pag. 14 

[3] Ibid., pag. 14

[4] Ibid., pags 16, 17

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3 comentarios

  1. este es uno de los articulos mas esclarecedores que he leido respecto a este tema tan controvertido.Seria bueno que lo lean los defensores a ultranza del relativismo etico.

  2. Aplausos!
    Una chulada de articulo

  3. juan pablo, llego a vos por el mismo libro y autor. Es una de mis reliquias de biblioteca y fué hasta hace poco, una de mis asignaturas pendientes. De hecho que entre el libro y la informática llego a vos y, sólo quería expresar mi coincidencia sobre tu nota en esta pagina y tu postura ante “el todo vale” del RELATIVISMO.

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