Con la pistola en la mesa

   Estoy leyendo “La Privatización de las Universidades. Una historia de Dinero, Poder e Influencias” de María Olivia Mönckeberg. El libro intenta rastrear las causas del penoso estado de la educación universitaria (caso particular de un desastre más general), tarea que a juicio de la autora (y mío también…) no se puede llevar a cabo si es que no se estudia el momento clave: la toma del poder de parte de Pinochet y camaradas, y su gran reforma de todo el sistema hecha a espaldas del pueblo.

   El libro abunda en detalles escalofriantes y/o indignantes, aquellos que ciertos sectores políticos se niegan aún a llamar por su nombre, y prefieren tachar de invento o exageración.

   Lo que quiero citar aquí es sólo un fragmento del primer capítulo, que relata un incidente insólito, verdadero signo de los desastres que vendrían:

Con la pistola en la mesa

   Hasta el momento de su renuncia a la rectoría de la Universidad de Chile, Edgardo Boeninger no había tenido reunión con la junta de gobierno. Estaba, en cambio, en contacto con los rectores de las otras Universidades y como la intervención se empezaba a plantear ya por diferentes lados, los invitó a su casa para conversar sobre el asunto. Faltó Enrique Kirberg, el rector de la Universidad Técnica -actual Universidad de Santiago-, quien era manifestante comunista y fue detenido y enviado a Isla Dawson. Tampoco pudo estar  Fernando Castillo Velasco, de la Universidad Católica, quien estaba enfermo. Asistió en su reemplazo el abogado Alfredo Etcheberry, en ese entonces vicerrector académico de la UC.

   Por acuerdo “casi unánime” los rectores acordaron oponerse a cualquier intervención de la Universidades y acordaron que el vocero fuera Boeninger. La voz disidente fue la del entonces rector de la Universidad de Valdivia, William Thayer, “el único que manifestó que aceptaría lo que los militares dijeran”, indica Boeninger.

   La misma tarde de su renuncia, Edgardo Boeninger recibió el llamado de un amigo abogado, Profesor de la Universidad de Chile, que tenía contacto con los militares.

   -Me dijo que la Junta de Gobierno estaba consternada con mi renuncia y me planteó si estaba dispuesto a conversar con sus integrantes. Respondí afirmativamente y se organizó una reunión con los cuatro uniformados en el Ministerio de Defensa. Ellos me pidieron que me acompañara el doctor René Orozco, vicerrector de la Sede Norte, y hermano del general Héctor Orozco. A mi vez, dije que quería ir con Enrique D’Etigny.

   Relata Boeninger el encuentro:

   -Estaban Pinochet, Merino, Leigh y Mendoza. Yo lo hablé todo y les dije que iba como presidente del Consejo de Rectores y que opinaría en nombre de todos. Estaba también el general Ricardo González, que era el Secretario de la Junta, pero no invitaron al ministro de Educación.. Nos sentamos. Pinochet se ubicó a la cabecera. Merino sacó una pistola y la puso arriba de la mesa.

   -Bueno -dijo Pinochet- quisiéramos escuchar las palabras del señor rector.

   -Me largué un discurso muy diplomático -recuerda Boeninger- Hablé de la autonomía académica, dije que consideraba un profundo error que se pensara intervenir la Universidad. No hicieron ningún comentario, salvo Leigh que fue el más cordial.

   -Hemos escuchado una exposición muy seria del señor rector -indicó el general Leigh-. Creo que tenemos que meditar lo que usted nos ha planteado. Yo le quisiera preguntar si usted está dispuesto a redactar un memorando.

   -No tengo ningún inconveniente -respondió Boeninger.

   -Después de esta reunión, usted no insistirá en su renuncia, rector -intervino el almirante Merino.

   -Eso dependerá del curso de acción que decidan ustedes en definitiva; no depende de mi -respondió el rector.

   Después de la reunión, Edgardo Boeninger mandó un memorando a la Junta. El escrito partía señalando “Objetivos Comunes”.

   -Puse algunos conceptos como “reconciliación”, “paz” y otras palabras de ese tipo. Pasaron como cuatro días en que parece que la Junta meditó qué hacía con este lío. Yo recibía informaciones a través de personas que me llamaban por teléfono a mi casa, pero lo más interesante fue la intervención de René Silva Espejo, el director del diario El Mercurio que era muy amigo mío, El se jugó porque se aceptara el planteamiento en el sentido de que los militares dejaran la Universidad tranquila y que nosotros podríamos hacer procesos de verificación de la calidad académica de los profesores, pero que esto era asunto de los universitarios. Silva Espejo me llamaba y me decía: “Las cosas van bien”.

   Unos días después, e viernes 28 de septiembre, se produjo la segunda invitación. “A esa reunión fueron todos menos William Thayer y asistieron, además, el secretario ejecutivo del Consejo de Rectores Iván Lavados y el asesor jurídico, Máximo Pacheco Gómez. Había mucha expectación, prensa, fotógrafos. Era el primer incidente que tenía la Junta Militar con gente que no era del gobierno depuesto”, dice Boeninger.

   -Nos hicieron entrar. Estaban los cuatro integrantes de la Junta más el comandante Hugo Castro que ya había jurado como ministro de Educación. A un lado, Pinochet, Merino y yo. Al frente, Leigh y Mendoza. Todos los demás rectores, más acá. Después de los saludos, nos sentamos. Merino volvió a sacar la pistola y la colocó de nuevo sobre la mesa. En eso se abrió la puerta y entraron en tropel los camarógrafos de televisión. Merino pescó la pistola y la escondió. Sonrisas. fotos. Se fueron los gallos y ¡paf! La pistola arriba de nuevo. Nunca entendí esta obsesión por ponerla sobre la mesa. Deduzco que debe ser un problema de reglamento, de seguridad -comenta Boeninger.

   Augusto Pinochet, presidente de la Junta de Gobierno de Chile, abrió la sesión:

   -Aquí están los señores rectores. Ya hemos escuchado al rector Boeninger. ¿Quiere agregar algo?

   -No, no tengo nada que agregar -respondió el aludido.

   -¿Los demás rectores? – inquirió Pinochet, dirigiendo su mirada hacia ellos.

   Los rectores se quedaron callados, como lo tenían previsto. Boeninger era el vocero y ya había manifestado su punto de vista por escrito.

   -¿Esto significa que los rectores están de acuerdo con los planteamientos del rector Boeninger? -Preguntó Pinochet.

   Silencio.

   -Pues bien, el gobierno actual, la Junta de Gobierno, está en total desacuerdo. El almirante Castro dará las razones.

   Sentado a la izquierda de Boeninger, el almirante Castro tenía en sus manos el memo del rector de la Universidad de Chile. Tomó la palabra:

   –Tengo el memorando del rector Boeninger. Y por ejemplo aquí, al comienzo, dice “Objetivos Comunes”. No hay objetivos comunes. Los únicos objetivos son los de la Honorable Junta de Gobierno y todos los demás ciudadanos tienen la obligación de obedecer de manera incondicional.

    Estaba todo dicho.

   -Después de ese comentario – indica Boeninger- yo me eché para atrás, miré a los demás rectores y me sonreí. Concluí que eso era un show. ¡Qué voy a escuchar a este tipo! A partir de ese momento me desconecté y no podría recordar que cosas más dijo. a esa altura me daba lo mismo. me imagino que habló unos 15 minutos, parece que de los marxistas, la subversión y no sé cuántas cosas más. Sólo al final recuerdo que terminó diciendo: “hemos decidido nombrara a rectores delegados”.

   Después del anuncio, tomó la palabra Pinochet y mirando a Boeninger volvió a ofrecer la palabra.

   -No tengo nada que comentar -sentenció Boeninger.

   -¿Algún otro de los señores rectores? -insistió Pinochet.

   Dos personas pidieron la palabra. Uno fue Alfredo Etcheverry, vicerrector de la Universidad Católica, el famoso abogado penalista, quien preguntó:

   -Mire, general ¿Por qué en lugar de denominarlos “rectores-delegados” no los llama simplemente “delegados”?

   Según Boeninger, parece que los uniformados no entendieron al broma. Los rectores apenas podían reprimir la risa.

   -Entonces -recuerda el ex-rector- Pinochet volvió a ofrecer la palabra y vino la parte más absurda de la reunión, cuando intervino el rector Campos de la Universidad del Norte a quien le decíamos ‘Campitos’. era un  ex cura que había sido bastante partidario de la UP, quién después de identificarse y de meter dos frases de su currículo, agregó: “Yo quiero decirle, general, que tengo mucha experiencia en los asuntos universitarios y quiero ponerme  a disposición de ustedes para poderlos asesorar en lo que fuere necesario”. Silencio del resto. Miradas torvas hacia ‘Campitos’ de los demás rectores y se levantó la sesión.

   la autonomía de las universidades terminaba. El Golpe en la cátedra cambiaría el destino de las Universidades chilenas. Había llegado la hora de la mano militar.

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