Antígona

Antigona Antigona by Sophocles

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rating: 5 of 5 stars
Una obra que además de estar muy bien escrita, trata una temática profundísima, que trasciende a su tiempo: el conflicto entre la ley divina y la ley de los hombres; en lenguaje más moderno, entre derecho natural y positivo. Claramente, este conflicto puede ponerse también en otros términos: como el de ley y conciencia individual.

(Así, antígona le dice a Creonte en los versos 454 y ss.: “Ni creí que tuvieran tanta fuerza tus pregones como para poder, siendo mortal, sobrepasar las leyes nunca escritas y firmes de los dioses; pues no existen desde hoy ni desde ayer, sino desde siempre, y nadie sabe cuándo aparecieron. Yo no iba, por temor a los razonamientos de ningún varón, a recibir castigo a causa de eso ante los dioses.”).

Además, se trasluce en la obra la dimensión religiosa, espiritual, de la tragedia, que está en sus orígenes, y que los autores clásicos no desechan, sino que llevan a su máxima expresión. Los himnos a Zeus y a Dionisio nos transportan a un ritual que nos es ajeno pero nos atrae fuertemente.

Lógicamente, termina de una forma bastante tradicional y muy griega: “No hay que ser impío en lo que hace a los dioses; pues la grandilocuencia de los soberbios, a costa de grandes golpes, en la vejez enseña a razonar”.

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"Una historia de amor y oscuridad" (2)

Continuando lo iniciado aquí, ofrezco otro fragmento de esta obra: un relato que aparece en boca de la “tía Sonia”, hermana de la mare de Amós. Se refiere a su juventud en Rovno, Polonia; al antisemitismo y el ambiente que se vivía en la Europa de antes de Hitler; al anhelo judío de la Tierra Prometida; a los sueños rotos…

 

El miedo que reinaba en todas las casas judías, el miedo del que casi nunca se hablaba pero que nos habían metido en el cuerpo como un veneno, gota a gota, era el miedo terrible a no ser realmente personas lo bastante limpias, a que de verdad fuéramos demasiado molestos y engreídos, demasiado astutos y avaros. A lo mejor era cierto que nuestros buenos modales desentonaban. Había un miedo mortal, el miedo de causarles mala impresión a los gentiles y que entonces se enfadasen y nos volvieran a hacer cosas terribles en las que era mejor ni pensar.

Mil veces les repetían a los niños judíos que se comportaran bien con ellos, con educación, aunque fuesen groseros o estuviesen borrachos, que de ninguna manera les hiciesen enfadar, no había que discutir ni regatear con un gentil bajo ningún concepto, que estaba prohibido irritarles, mostrarse altivos, que siempre había que hablarles en voz baja y sonriendo, para que no dijeran que éramos escandalosos, y hablar siempre en un polaco correcto, para que no dijeran que corrompíamos su lengua, pero que tampoco había que hablar polaco muy culto, para que no dijeran que queríamos llegar demasiado lejos, para que no dijeran que éramos ambiciosos y para que de ningún modo dijeran que teníamos manchas en la ropa. En resumen, que debíamos hacer todo lo posible por causarles una buena impresión, porque bastaba con que un niño, uno sólo, no se lavase bien la cabeza y tuviese piojos, para crearle mala fama a todo el pueblo judío. Ni siquiera así nos soportaban, así que estaba completamente prohibido darles más motivos para no soportarnos.

Vosotros, los que habéis nacido aquí [en Eretz Israel], jamás podréis comprender como ese goteo va poco a poco distorsionando los sentimientos, como una herrumbre inexorable que fuera comiéndose poco a poco tu humanidad, convirtiéndote en un hipócrita, un mentiroso y un pícaro, igual que un gato. A mí no me gustan mucho los gatos. Los perros tampoco. Pero si tengo que elegir, prefiero a los perros. Los perros son como los gentiles, enseguida ves lo que piensan y lo que sienten. El judío de la diáspora era un gato, en el peor sentido, ¿entiendes a lo que me refiero?

Pero lo que más miedo daba era la chusma. Lo que podía pasar entre un gobierno y otro, por ejemplo, si los polacos era expulsados y los comunistas ocupaban su lugar: se temía que en ese intervalo volvieran a aparecer las bandas de ucranianos o de bielorrusos o la muchedumbre polaca instigada o, más al norte, los lituanos. Era un volcán en constante y lenta erupción y siempre olía a humo. “En la oscuridad afilan los cuchillos”, se decía sin precisar quién, pues podían ser tanto los unos como los otros. La muchedumbre. También aquí, en Eretz Israel, se ha podido apreciar que la muchedumbre judía puede ser un monstruo.

A los únicos que no temíamos mucho era a los alemanes. Recuerdo que en el 34 o el 35 yo era la única de la familia que seguía en Rovno, para terminar mis estudios de enfermería, en el 35 aún había bastantes entre nosotros que esperaban que legase Hitler, decían que con él al menos habría leyes y disciplina, y cada uno sabrían donde estaba su sitio, que no importaba mucho lo que Hitler dijera, lo importante era que allí, en Alemania, había impuesto un orden alemán ejemplar y que la chusma temblaba ante él. Lo importante era que con Hitler al menos no habría tumultos callejeros y anarquía; entre nosotros aún se pensaba entonces que la anarquía era la peor situación posible: la mayor pesadilla era que los sacerdotes comenzaran un día a instigar en las iglesias diciendo que la sangre de Jesús volvería a ser derramada por culpa de los judíos y comenzasen a replicar sus pavorosas campanas, y los campesinos los escucharan, se llenaran la barriga de aguardiente, cogieran las hachas y las horcas y empezara todo.

Nadie imaginaba lo que realmente iba a suceder, pero en los años veinte casi todo el mundo sabía que los judíos no tenían futuro ni con Stalin, ni en Polonia ni en ningún lugar de Europa del Este y, por tanto, fue tomando fuerza la idea de marchar en dirección a Eretz Israel. Por supuesto, no todos pensaban así, los ultraortodoxos se oponían tajantemente, y los bundistas, los yiddishtas, los comunistas y los asimilados, que se consideraban más polacos que Pederevsky y Moycechovsky, pero muchas personas normales de Rovno en los años veinte se preocuban de que sus hijos estudiaran hebreo y fueran al instituto Tarbut. Los que tenían dinero mandaban a sus hijos a estudiar a Haifa, a la Universidad Politécnica, o al instituto de Tel Aviv, o a las escuelas agrícolas, y los ecos que nos llegaban de vuelta de Eretz Israel eran sencillamente maravillosos: los jóvenes sólo esperábamos que nos llegara el turno. Mientras tanto, todos leíamos periódicos en hebreo, discutíamos, cantábamos canciones de Eretz Israel, recitábamos poemas de Bialik y Tchernijovsky, nos dividíamos en montones de partidos y grupos, confeccionábamos uniformes y banderas, había una gran pasión por todo lo nacional. Se parecía mucho a lo que ocurre hoy con los Palestinos, pero sin el derramamiento de sangre que ellos provocan. En el pueblo judío hoy apenas se aprecia un espíritu nacional así.

Por supuesto, conocíamos las duras condiciones de vida en Eretz Israel: sabíamos que hacía mucho calor, que había desierto y pantanos, que faltaba trabajo, y sabíamos que había árabes pobres en los pueblos, pero veíamos en el gran mapa que colgaba en la pared de la clase que los árabes no eran muchos, habría entonces aproximadamente medio millón, con seguridad menos de un millón, y existía la total certeza de que había sitio para unos cuantos millones de judíos más, y que a los árabes tal vez se les instigaría contra nosotros, como al pueblo llano de Polonia, pero podríamos explicarles y convencerles de que de nosotros sólo obtendrían beneficios, beneficios económicos, sanitarios, culturales y otros muchos. Creíamos que pronto, en unos pocos años, los judíos serían mayoría en Eretz Israel y entonces le mostraríamos al mundo entero una conducta ejemplar con la minoría árabe: nosotros, que siempre habíamos sido una minoría oprimida, nos comportaríamos con la minoría árabe con honestidad y justicia, con generosidad, participaríamos con ellos en la construcción de la patria, compartiríamos todo con ellos y de ningún modo los convertiríamos en gatos. Era un bonito sueño.

Oz, Amos, 1939- .   Una historia de amor y tiniebla /.  Madrid : : Eds. Siruela,, 2004..[traducción del hebreo de Raquel García Lozano.]  pp 239-241

"Una historia de amor y oscuridad"

amosozEstoy leyendo hace bastante tiempo este libro de Amós Oz (que fue candidato al premio Nobel de literatura). Es un relato autobiográfico, principalmente centrado en la infancia y juventud del autor; mas el relato no queda limitado a esto: en boca de varios personajes, mira hacia atrás, hacia el pasado tanto de la familia paterna como la materna de Oz, que se desarrolló en la Europa de fines del siglo XIX, principios del XX. Se configura entonces un relato amplísimo, en el que queda reflejado las aspiraciones y circunstancias de vida de los judíos de la diáspora, las persecuciones sufridas, los anhelos de una vida mejor en la Tierra Prometida, la concreción de este sueño y  el desengaño, al ver el choque entre la utopía y la realidad.

No me gustaría que pensaran que todo el libro se desenvuelve en torno a temáticas políticas o que es un simple panfleto: de hecho, los acontecimientos políticos se narran simplemente como telón de fondo, pero a mi no pueden dejar de llamarme la atención. En otra entrada pondré algunos pasajes de temática más literaria, pero ahora los dejo con un pequeño fragmento más bien histórico, especialmente para que lean el último párrafo, ya que habla un poco sobre la Eurabia  de hoy:

Mi padre y sus padres se dirigieron finalmente a Jerusalén: el hermano de mi padre, el tío David, su mujer Malka y su hijo Daniel, que había nacido un año y medio antes, se quedaron en Vilma: mi tío David, a pesar de ser judío, consiguió muy joven el puesto de profesor de literatura en la Universidad de Vilna. Era un europeo convencido en una época en que nadie en Europa era europeo, salvo los miembros de mi familia y otros judíos semejantes a ellos. Los demás eran paneslavistas, pangermanistas, o simplemente patriotas lituanos, búlgaros, irlandeses o eslovacos. Los únicos europeos de toda Europa en los años veinte y treinta eran los judíos.(…)

El tío David era un eurófilo evidente y convencido, especialista en literatura comparada, en literaturas europeas que eran su patria espiritual. No entendía por qué tenía que renunciar a su puesto y emigrar al Asia oriental, un lugar extraño y desconocido para él, sólo para cumplir los deseos de unos antisemitas ignorantes y de unos bandidos nacionalistas sin cerebro. Por lo tanto, se quedó en su cargo, con el fin de servir al progreso de la cultura, el arte y el humanismo que no tiene límite, hasta que los nazis llegaron a Vilna: los judíos, los intelectuales, los cosmopolitas y los amantes de la cultura no eran de su agrado, y por eso asesinaron a David, a Malka y a mi pequeño primo Daniel (..)

Hoy Europa ha cambiado completamente, hoy está llena de europeos de pared a pared. Por cierto, también las cosas que se escriben en las paredes europeas han cambiado radicalmente de forma: cuando mi padre era joven y vivía en Vilna, en todas las paredes de Europa ponía: “Judíos, marchaos a Palestina”. Hace unos cincuenta años, cuando mi padre volvió a visitar Europa, las paredes le gritaron: “Judíos, marchaos de Palestina”.

 Oz, Amos, 1939- .   Una historia de amor y tiniebla /.  Madrid : : Eds. Siruela,, 2004..[traducción del hebreo de Raquel García Lozano.]  pp 88-89

Un libro llamado Inshallah… (3)

orianafallaci2.jpg¿Cómo introducir este texto? Quizás debo limitarme a contextualizarlo: se encuentra dentro del libro Inshallah, de Oriana Fallaci. El libro trata sobre la guerra (y, específicamente, sobre la Guerra Civil Libanesa). Cuenta la historia del contingente italiano apostado en Beirut bajo el mandanto de Naciones Unidas, desarrollándose la historia de forma coral.  Uno de los personajes aparece tangencialmente en el relato, casi como un espectador: es llamado simplemente como “el Profesor”, y resulta ser el alter ego de Oriana (decidi incluir en este texto el fragmento en que eso se explica también).  El fragmento que transcribo corresponde prácticamente al final del libro, por lo tanto no es recomendable para quien pretenda leerlo (aunque el daño no es grave: el desenlace no es lo más importante de una novela, y en ésta menos…). Corresponde a la tercera carta enviada por el Profesor a su esposa (aunque ésta tambien es ficticia…)

   ¿De qué se habla aquí? Principalmente sobre el Destino, Dios, la Guerra, el Bien y el Mal, el papel del escritor… en fin… obre la vida. Que lo disfruten.

«En cuanto al “casi” que separa la certeza absoluta de la probabilidad rayana en la certeza, se llama destino: Inshallah. Como Dios quiera, como Dios guste, Inshallah.” En una palabra, me ha dejado sin respuesta. Y después ha hecho algo peor. Porque ante la pregunta de si había encontrado la fórmula que buscaba, la fórmula de la Vida, ha respondido: “Sí. Se la acabo de dar. Es la palabra Inshallah. Pero yo la detesto, la aborrezco como la palabra destino: símbolo ambas de una impotencia y una resignación que asesinan el concepto de libertad y responsabilidad. De todos modos, para aceptarla, para creer en ella, aún debo repudiar la fórmula de la Muerte.” Cariño, la acepte o no él, crea en ella o no, también yo detesto la palabra destino: la palabra Inshallah. La mayoría ven en ella esperanza, buenos auspicios, confianza en la misericordia divina. En cambio yo, como él, no veo en ella sino sumisión, resignación, impotencia y renuncia a uno mismo. Padre-Celestial, Señor-Omnipotente, Jehová, Alá, Brahma, Baal, Adonai, o-como-te-llames: elige-tú-por-mí, decide-tú-por-mí. No señor, yo me niego a delegar en Dios mi voluntad y mi pensamiento. Me niego a renunciar a mí mismo y resignarme. Un hombre resignado es un hombre muerto antes de morir, y yo no quiero estar muerto antes de morir. ¡No quiero morir ya muerto! ¡Quiero morir vivo! Sigue leyendo

Un libro llamado Inshallah… (2)

   Hablabamos aquí sobre el espectacular libro de Oriana Fallaci titulado Inshallah. Lo que comparto ahora con ustedes es el comienzo del capítulo 2, un relato mitad histórico y mitad literario, sin que se de uno en desmedro del otro (habilidad tan carácterística de su autora). Trata sobre la historia reciente de Beirut, desde la llegada de los Palestinos, hasta el conflicto generado en 1982 por al intervención de Israel.

   Vale la pena leerlo, y reflexionar sobre un par de cosas: primero, sobre la maldades que puede llegar a cometer el ser humano; y segundo, sobre las causas del conflicto en el Líbano, lo que ciertamente ayuda a entender las noticias actuales, protagonizadas por grupos extremistas como Fatah al Islam.

   Ahora el texto:

   «Por un tiempo que a muchos parecía inmemorial y que en cambio se remontaba a un pasado reciente, Beirut había sido uno de los lugares más agradables de nuestro planeta: un lugar comodísimo para vivir y para morir de vejez o enfermedad. Ya fueras rico y corrupto, ya fueras pobre y honrado, allí encontrabas lo mejor que una ciudad puede ofrecer: clima suave en verano y en invierno, mar azul y colinas verdes, trabajo, comida, despreocupación que vendía cualquier placer, y sobre todo una gran tolerancia porque pese a la babel de razas y lenguas y religiones sus habitantes no estaban enfrentados. Los musulmanes chiítas o sunnitas convivían en armonía con los cristianos maronitas u ortodoxos de rito griego o católicos, los unos y los otros con los drusos y los judíos, las letanías del muecín se mezclaban con desenvoltura al sonido de las campanas, en las iglesias no se maldecía a los fieles de las mezquitas, en las mezquitas no se maldecía a los fieles de las iglesias, en las sinagogas no se despreciaba a los fieles de las unas o de las otras, y por doquier se celebraban sin problemas los ritos de los diecinueve cultos permitidos por la Constitución. Existía un régimen más o menos democrático, se respetaban las libertades civiles, se cometían y admitían demasiados pecados incluso. Y la gente se mataba por venganza o por celos, por robo o por asuntos del hampa, no por odio impuesto, ideas preconcebidas, fanatismo o exigencias militares. La guerra no existía. Un vago recuerdo las matanzas con que las dos tribus principales, la cristiana y la musulmana, se habían inmolado hasta pocos años antes. Una historia olvidada las invasiones perpetradas a lo largo de los siglos por los griegos, los romanos, los cruzados, Saladino, otra vez los cruzados, después los turcos, los occidentales, siempre atraídos por su posición geográfica y por las ventajas económicas que de ella obtenían. En 1946 había concluido el mandato francés, y junto con la independencia, había dejado un bienestar que amalgamaba a los diversos grupos. Los incorporaba mediante la fe en el único dios en que los hombres creen sin límites y sin reservas: el dios Dinero.

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Un libro llamado Inshallah…

   Ésta vez me voy a referir a un libro espectacular: Inshallah de Oriana Fallaci (les puedo decir que el título significa “lo que Dios quiera”, pero para saber porqué tiene ese nombre hay que leerlo…) Éste es un libro monumental, de más de 600 pag, que sin embargo todo el mundo debería tener la paciencia de leer. Todo el mundo, porque la historia es impresionante: ni siquiera es una historia, son decenas, en total más de 60 personajes, que se enlazan en una trama prácticamente perfecta donde casi no quedan cabos sueltos… y donde se puede ver la cruda realidad: el dolor, la guerra, la desesperanza… y también la esperanza, también la felicidad y el amor. Queda expresado en este libro ese deseo de Oriana de entenderlo todo y a todos, de ponerse en el lugar de todos… por eso es tan largo, por eso tan complicado: no puede ser menos complicado que la vida misma.

   Lo que pego aquí abajo es el principio: un texto mitad alegoría y mitad real, una fotografía triste del ambiente de la novela…. Luego copio un diálogo desgarrador, una situación desgarradora, quizás una de las más terribles del libro… Después voy a publicar algunos pasajes más que son impresionantes…

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